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Trance
amargo el del descenso. En la memoria quedan las escenas de Vigo,
allá en los años setenta, cuando se consumó en ‘Balaídos’ una
trayectoria irregular. Era entrenador Manolo Sanchís padre que,
curiosamente, pese a la pérdida de categoría, se mantuvo en el
cargo.
Volver a Segunda B entonces fue un duro revés para el
fútbol tinerfeño. Como lo es ahora, después de tantos años alejados
de las penumbras de una categoría donde debaten equipos filiales y
de poblaciones con recursos muy limitados. La pérdida de la
categoría es un lance del juego, fruto de errores acumulados que
tienen su origen en la planificación. En realidad, el Tenerife no se
repuso al descenso del primer estrato del fútbol nacional. Se habló
de disponer en Segunda de un plantel mejor o más completo que el que
se tuvo en Primera. Y sin embargo… Demasiada artificialidad y
rendimiento tanto individual como colectivo muy pero que muy
deficiente.
Complicada situación, pues, en lo social y en lo deportivo.
El retroceso es evidente. Y el estancamiento, desde el punto de
vista estructural, también. “Qué bonito, el Tenerife de todos” fue
un eslógan que trascendió la popularidad, un mensaje que aglutinó
afanes y sensibilidades. A ver cómo se reedita ahora, cuando la
estructura social se ha debilitado considerablemente. Volver a
ilusionar, mejor dicho, a rescatar la motivación y el interés de
tantos aficionados que ahora se sienten decepcionados es el
objetivo. Ojalá, a propósito, no se alejen mucho. Que no haya una
deserción general. Porque los oropeles y las servidumbres de las
primeras categorías se han evaporado.
Y en lo deportivo, otra decisión significativa. Otra vez el
modelo. De nuevo, confianza en la cantera, el último recurso. Pero,
¿se ha preparado lo suficiente para afrontar este trance? ¿Ha sido
atendida adecuadamente? Las generaciones de futbolistas más
recientes ¿gozan de la calidad y de la proyección para forjar un
equipo competitivo desde la primera jornada? Es que las urgencias
son las urgencias. Y lastimosamente, con la cantera hay poca
paciencia. Por cierto, que la búsqueda y la “inversión” no se limite
sólo a los filiales directos. Igual en los pueblos del interior, hay
también Pedros como el de Abades.
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En
fin, amargura y desencanto. Cuando la suerte del deporte es
desfavorable, hay que aprender de los yerros y abrir nuevos surcos.
Parece que en la historia estas situaciones afectan a otros. Y sin
embargo, cuando tocan directamente, hay que afrontarlas con criterio
propio, con un plan, con unas bases mínimamente sólidas desde las que
intentar recuperar el espacio perdido. Con realismo.
Salvador García Llanos |